¿Podemos confiar en nuestros pensamientos?
Cada uno de los órganos que forman nuestro cuerpo tienen como función principal nuestro bienestar y, en última instancia, nuestra supervivencia.
Cuando hace calor, sudamos para regular la temperatura. Si corremos, el corazón se acelera para enviar más oxígeno a los músculos. Si comemos algo en mal estado, una mala digestión nos alerta de que algo no anda bien. Incluso la piel se enrojece frente a una infección para mostrarnos que algo está ocurriendo.
Todo esto sucede de forma automática, sin que tengamos que pensar en ello. El cuerpo actúa y reacciona de manera automática con el objetivo de protegernos y solucionar amenazas.
Pero… ¿y la mente?
¿Nuestros pensamientos también cumplen esta función protectora?
Dos tipos de pensamiento: automático e intencionado
Podríamos pensar que sí, que nuestra mente también busca cuidarnos, y en parte es cierto, pero no siempre lo hace de la mejor manera.
Nuestro pensamiento funciona, en líneas generales, a través de dos modos o sistemas:
1. Pensamiento automático
Se trata de nuestro sistema más primitivo, y se activa rápidamente y tiene un alto contenido emocional.
No lo decidimos conscientemente, simplemente aparece, y está diseñado para darnos respuestas inmediatas, con la “buena” intención de evitar el malestar.
2. Pensamiento intencionado
Se trata de un tipo de pensamiento más lento, reflexivo, y que requiere esfuerzo. Nos permite analizar, cuestionar, tomar distancia de la emoción inmediata y elegir cómo responder.
Esta diferenciación fue ampliamente estudiada por el psicólogo y premio Nobel Daniel Kahneman, quien los denominó Sistema 1 o automático y Sistema 2 o reflexivo (Kahneman, 2011).
El problema del piloto automático
El pensamiento automático es muy útil para muchas cosas, como resolver situaciones cotidianas, evitar peligros, actuar con rapidez, pero también puede llevarnos a decisiones poco saludables, especialmente en momentos emocionales difíciles.
Pongamos un ejemplo
Cuando te encuentras desanimado/a, con falta de energía y motivación, es probable que tu mente te diga algo parecido a:
“Quédate en casa, hoy no es un buen día para ver a nadie ni para hacer nada.”
En ese momento, suena razonable y quedarse en casa parece la mejor opción, y lo más importante es que esa decisión en ese momento te hace sentir bien, te produce un alivio inmediato.
Pero, ya que te está funcionando, es muy probable que se repita, y se convierta en un ciclo en el que cuanto más evitemos el contacto, más se refuerce el malestar y el aislamiento, y no teniendo experiencias nuevas que contradigan nuestros pensamientos.
Así, el pensamiento automático que parecía «protegerte», termina reforzando lo que te duele.
Activar el pensamiento intencionado
Es en estos momentos donde necesitamos activar nuestro pensamiento intencionado, o sistema 2.
No se trata de forzarse a “pensar en positivo» con pensamientos como “todo está bien” o “lo que siento no tiene importancia y ya pasará”, sino de hacerse preguntas que cuestionen el primer pensamiento, como, por ejemplo:
- ¿Este pensamiento me ayuda o me limita?
- ¿Qué pasaría si hiciera algo distinto, aunque no tenga ganas?
- ¿Puedo observar este pensamiento sin creérmelo del todo?
Una habilidad que se entrena
No siempre vamos a poder detener el piloto automático, y eso está bien, pues es un modo que tiene sentido en muchos momentos, pero estará bien cuestionarlo en algunos de ellos.
Cuanto más practiquemos el identificar en qué modo estamos pensando, más capacidad tendremos de elegir cómo actuar frente a lo que sentimos.

Referencias
- Kahneman, D. (2011). Thinking, Fast and Slow. Farrar, Straus and Giroux.
Dinos que te ha parecido este artículo, Puntúa (DE 1 A 5 ESTRELLAS).


